El camino hacia el undécimo Roland Garros está lleno de curvas. Rafa Nadal deberá conducir con cuidado, sin perder de vista la carretera en ningún momento, como confirmó Simone Bolelli en el debut del campeón en la arcilla de París. El suelo está incluso resbaladizo, obligada la interrupción del choque a causa de la lluvia, reanudado al día siguiente. A pesar de todos los inconvenientes, el mallorquín pudo finiquitar el encuentro en tres sets (6-4, 6-3 y 7-6 (8), un marcador que no refleja lo que pasó sobre la pista, en la que el italiano planteó muchas dificultades al número uno del mundo.
Convertido en lucky loser ante el abandono de Dolgopolov, algo que parece haberse convertido en moda en París este año, Bolelli saltó a la Philippe-Chatrier con las ideas claras. Tenía el guión del partido que más le interesaba en la cabeza. No le apasionaba jugar de igual a igual, sino ser muy explosivo en busca del milagro. Igual que a un director de una película de terror tampoco le interesa una historia de amor azucarada, sino algún asesino desfigurado.
Perdedor en sus cinco duelos anteriores con Nadal, Bolelli no tenía demasiado que perder. Teniendo enfrente al mejor jugador sobre tierra batida de todos los tiempos, su récord de 79-2 en Roland Garros atemorizaría al más valiente, había que salir y disfrutar, como diría Johan Cruyff. Plantar batalla y quedarse con la conciencia tranquila de haberlo dado todo.
Bolelli apostó por un tenis muy agresivo, intentando conseguir golpes ganadores a la mínima ocasión, huyendo despavorido de los intercambios largos. En cuanto el revés de Nadal, contra el que cargó hasta la saciedad, se quedaba a media pista, el italiano se la jugaba especialmente con su derecha, despertando la admiración del público.
La táctica de Bolelli tenía también su lado negativo, ya que le obligaba a cometer muchos errores no forzados, a fallar demasiados golpes. Pero se le veía tranquilo, todo lo contrario que a Nadal, que miraba a su palco en busca de alguna solución ante las bombas de su rival. El problema para el de Bolonia, como para el resto de la humanidad, es que ganar al mallorquín es una tarea titánica, casi imposible jugando sobre tierra, capaz el balear de convertir un ganador de su rival en un punto a su favor.
Nadal aguantó como pudo hasta el desenlace del primer set. Apenas había sumado puntos ante el servicio de Bolelli, que se había adjudicado hasta dos veces en blanco. Pero llegó el juego decisivo, con 5-4 favorable al mallorquín, y al italiano se le encogió el brazo, concediendo el primer break del partido que supuso el 6-4.
Después de incomodar a Nadal como pocos han conseguido este año, ceder la primera manga fue un golpe mental muy duro para Bolelli. Seguía jugando al límite, pero su confianza no era la misma. Comenzó bien el segundo set, rompiendo el servicio del de Manacor, y subiendo el 3-1 al marcador. Pero entonces, Nadal sacó el rodillo a pasear y sumó cinco juegos de manera consecutiva para sumar también el segundo set a su cuenta.
Un segundo golpe tan duro parecía definitivo para Bolelli. Pero aunque su ranking refleja el puesto 129 en la ATP, el italiano demostró tener un empaque digno de un top ten. Se rehizo con una solvencia inusitada y se colocó 3-0 en el tercer set merced a una rotura sobre el servicio de Nadal. Pero en plena eclosión, la lluvia se cruzó en su camino. Empezó a caer agua con fuerza, como llevaba amenazando el cielo parisino desde hacía rato, y el partido quedó interrumpido. Suspendida la jornada del lunes definitivamente, el duelo quedó aplazado para el martes.
En la reanudación del duelo apareció un ciclón llamado Nadal para imponer su favoritismo y poner cierta cordura en el resultado. Más agresivo y sólido que el día anterior, el mallorquín igualó el break en contra y empató el set en unos minutos (3-3). Bolelli cometió muchos más errores y vio como su ventaja desparecía a toda velocidad.
Con el paso de los minutos comenzó a soltarse el italiano y a conectar más golpes ganadores. El partido volvió a igualarse. El octavo juego se convirtió en un suplicio para Nadal. Hasta cuatro bolas de break tuvo Bolelli, pero no certificó ninguna. No se arrugaba el italiano, que tenía la intención de poner en apuros al mallorquín hasta el final.
No fue hasta el tie-break cuando llegaría la rúbrica del pase a la segunda ronda. Antes de ello, Nadal debió salvar cuatro bolas de set tras ir perdiendo 6-3, una de ella con passing espectacular marca de la casa. Sacó entonces el español su fiabilidad a relucir y ni la excelencia del juego del italiano, con un recital de dejadas y golpes poderosos, pudo al fina prolongar un partido durísimo, más propio de rondas mucho más cercanas a la gloria de la Copa de los Mosqueteros. Nadal lo celebró con rabia, consciente de las dificultades a las que tuvo que hacer frente en sus dos primeros días sobre la arcilla parisina.









