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Alemania paraliza la tala del bosque milenario de Hambach para ampliar una mina de carbón

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© Proporcionado por Prisa Noticias Algunos de los jóvenes que han ocupado el bosque para detener su tala.

La tala del bosque de Hambach tendrá que esperar, tal vez indefinidamente. Un tribunal de la localidad alemana de Münster ha paralizado este viernes su inminente devastación a la espera de que se resuelva un recurso presentado por la organización ecologista Amigos de la Tierra. La justicia ha determinado que el gigante energético RWE, que planea podar la mitad de su superficie para ensanchar una mina de carbón, «no tiene derecho a deforestar el bosque» hasta que se resuelva la apelación. El giro de guion, celebrado por los activistas como un triunfo tras semanas de tensos choques con la policía, aviva las esperanzas de salvar el último reducto verde de la zona, reducido a solo 200 hectáreas de las 4.100 iniciales. En un comunicado, la multinacional ha mostrado su «sorpresa», por la resolución del tribunal. Y ha informado al mercado de valores de que tendrá un importante impacto en sus cuentas. Tras conocerse el varapalo judicial, las acciones de RWE se hundían en torno a un 7% en la Bolsa alemana.

El bosque más blindado del planeta está a medio camino de Colonia y Aquisgrán, en el Estado alemán de Renania del Norte-Westfalia. Y su futuro se ha convertido en símbolo de una lucha que no solo atañe a un pedazo de tierra. Confronta dos visiones del mundo. Capitalismo frente a ecologismo. Explotación del carbón ante activismo climático. Pragmatismo versus utopía. El campo de batalla es una extensión boscosa de 100 hectáreas y 12.000 años de antigüedad en la que habitan 142 especies de aves. RWE, su dueña desde hace décadas, planea su tala inminente para ampliar una gigantesca mina de carbón. Y la policía ha expulsado a cientos de activistas instalados en la zona para evitarlo.

La tensión había crecido en las últimas semanas ante la amenaza de que la tala se aproximaba. Los intentos de desescalada han culminado todos en fracaso. Los representantes ecologistas se reunieron con la compañía el 11 de septiembre. RWE ofreció retrasar hasta diciembre la deforestación, pero Greenpeace y Amigos de la Tierra se negaron a aceptar nada que no fuera su total anulación. La empresa volvió entonces al calendario inicial, y preveía iniciar la tala a mediados de este mes, pero la justicia ha frenado sus intenciones.

El desalojo del bosque se ha convertido en un mal sueño para la mayor firma de energía de Alemania, un coloso con un valor bursátil de casi 12.000 millones de euros. La primera ocupación se produjo en 2012, y desde hace cuatro años una comunidad de ambientalistas, anarquistas, idealistas, o meros ciudadanos comprometidos vive allí de forma ininterrumpida. El lugar se ha convertido en centro de peregrinación para los que consideran la tala la máxima expresión del capitalismo salvaje. Y la sinopsis de la obra: una multinacional dispuesta a sacar las sierras para destruir un bosque y ensanchar una mina de carbón contaminante —en su enunciado resumido—, tiene todos los ingredientes para canalizar una rebeldía anestesiada por el bienestar del pleno empleo y la placidez de los buenos indicadores económicos.

Un muerto

El naufragio de la negociación ha ido seguida estas semanas de estallidos puntuales de violencia. La policía de Aquisgrán denunció solo un día después del comienzo y final del diálogo que varios de sus miembros resultaron heridos por pedradas de enmascarados. Y uno de los guardias incluso efectuó disparos al aire. Enfrente, los activistas han denunciado una y otra vez la brutalidad policial, y han difundido vídeos donde son agredidos. La única víctima mortal llegó el 13 de septiembre, cuando el periodista Steffen Mein, de 27 años, cayó accidentalmente de una pasarela que unía dos casas en lo alto de los árboles. Su fallecimiento supuso una leve tregua. Solo unas horas después, los choques continuaron. Pero los altercados no han ablandado al Gobierno de Renania del Norte-Westfalia, que a diferencia de lo que ha hecho la justicia, no ha tratado de revocar el permiso de tala.

La empresa ha repetido con insistencia que no habría marcha atrás. En juego hay toneladas de dinero. Su consejero delegado, Rolf Martin Schmitz, calcula que si abortan el proyecto dejarían de ingresar hasta 5.000 millones de euros. «No hay ninguna posibilidad de dejar el bosque en pie», afirmó tajante al diario Kölner Stadt-Anzeiger antes de que el tribunal estropeara su plan. Frente a las críticas que les acusan de provocar un daño ambiental irreparable, la compañía contraataca. Alega que su contribución a la reforestación de la región es notable. Y ofrece datos: ha creado 87 kilómetros cuadrados de bosque y ha plantado más de 10 millones de árboles.

Un activista sube a una de las casas en un árbol, hoy ya destruida.

© Proporcionado por Prisa Noticias Un activista sube a una de las casas en un árbol, hoy ya destruida.

Sus argumentos no convencen a los conservacionistas. El aullido del bosque de Hambach se oye a cientos de metros a la redonda. Los gemidos lobunos resuenan tímidamente en el pequeño campamento contiguo a la arboleda, donde decenas de jóvenes despiertan en casas improvisadas o tiendas de campaña. Uno de ellos prepara el desayuno al aire libre, descalzo y disfrazado de oso. Cerca hay una biblioteca donde uno puede servirse libremente de ejemplares sobre ecología o luchas sociales. También un local con ropa en el que está permitido arramblar con lo que se considere. No es mala idea. Al internarse en la arboleda, sumida en la neblina y bajo una lluvia suave, la temperatura parece descender varios grados súbitamente.

No hace falta caminar demasiado bajo el denso ramaje para sumergirse en una atmósfera alucinatoria para el recién llegado: un activista corea lemas ecologistas suspendido en las alturas mientras camina colgado de una fina cuerda sujeto con un arnés. Un policía tira al suelo de un empujón a un hombre de metro noventa que le afea el enésimo desahucio. Una sierra abre camino a la policía hacia una casa construida en la copa de un árbol a punto de ser destruida. Una joven llora de rabia al verlo. Y el origen de los aullidos queda resuelto: es un bramido de auxilio del grupo a punto de ser expulsado de su hogar a 20 metros del suelo.

Tres semanas han bastado para tirar abajo la estrategia de resistencia de los inquilinos de Hambi, apelativo con el que llaman al bosque. La última casa cayó este miércoles, y con ella, las posibilidades de salvarlo parecían volatilizarse segundo a segundo. El ritual ha sido una constante. Grúas que ascienden y militantes que bajan. Casi nunca resignados. Una de ellas cantaba y tocaba la guitarra mientras descendía lentamente de las alturas custodiada por la policía entre gritos de apoyo de sus compañeros. La oposición ha sido feroz. Conforme las casas eran reducidas a astillas, se construían otras nuevas. La táctica es clara: «Queremos ganar tiempo para que el Gobierno cambie de idea», admite Momo, uno de los veteranos, más de año y medio viviendo en el bosque. Aquí nadie desvela su identidad por temor a represalias.

Hasta la entrada en juego de los jueces, el reloj corría en su contra. Pese a las barricadas, las sentadas y los encontronazos, la velocidad de destrucción de las autoridades ha desbordado a los carpinteros ecologistas. Y todavía hay dudas sobre que se pueda evitar que las máquinas arrasen con todo. Pase lo que pase, cierto sentimiento de victoria flota en el ambiente. Hay quien cree que se puede perder un bosque y ganar una causa que yacía adormecida. El microcosmos surgido de la protesta ha devuelto vigor al movimiento ecologista alemán bajo una filosofía horizontal: en Hambi no hay líderes. Todo el mundo puede opinar y ser escuchado.

En las profundidades del bosque, Dos raíces, de 25 años, levanta troncos, ata nudos y cava con una pala. Nacido en Baviera, ha elegido el apodo —»mi nombre de bosque»— por sus orígenes: padre peruano y madre alemana. Ha sido scout, estudió ciencias políticas y sociología, y ha dejado su trabajo en un café para viajar. «Es una lucha simbólica. No creo que la desaparición del bosque suponga una derrota. Buscamos influir en el discurso político», reflexiona.

Tras él, una casa se alza en lo alto de un árbol con la inscripción «Policías mercenarios» pintada en la fachada. En ella han dormido 15 activistas la noche anterior. Alrededor, un hombre toca la guitarra y la mayoría apuntala una fortificación. Sabían que sería inútil. Y horas después fue derribada. Pero creen que distraer a las autoridades en esas labores da oxígeno a Hambi, un pulmón que parecía condenado por la abundancia de carbón que le rodea.

La decisión de la justicia de analizar la legalidad de la tala ha dotado de una nueva vida al bosque justo cuando se preparaba el golpe final. Esta semana RWE cavó una trinchera para dificultar el acceso de ecologistas e impedir que volvieran a crear un enjambre de casas en los árboles. Pero las excavadoras, listas para actuar, no podrán internarse en el bosque de momento. Con esa parálisis generándole importantes pérdidas, la firma ha reclamado a la justicia la máxima celeridad en pronunciarse.

Mientras tanto, este sábado una manifestación ha sido finalmente autorizada por la justicia pese al intento de las autoridades por prohibirla. La marcha, que se prevé multitudinaria, recorrerá la zona entre proclamas por la salvación de Hambi. Lo que en un principio se suponía un intento desesperado con aires de funeral, se plantea, tras la decisión del tribunal de Münster, como un festejo colectivo. Los activistas siguen comprando tiempo.

Alemania, un país adicto al carbón

Mientras Bruselas anima a los Estados a fiar su futuro a las energías limpias, el carbón sigue representando una parte fundamental del mix energético alemán: supone el 40% frente al 36% de renovables. Esa disfunción está bajo estudio: una comisión compuesta por representantes políticos, miembros de la industria, organizaciones sociales y expertos está abordando la mejor manera de abandonar esa dependencia sin traumas, pero aunque se le ha pedido, ha rechazado opinar sobre el caso del bosque de Hambach.

La eurodiputada de Los Verdes Terry Reintk acudió la semana pasada al bosque para mediar en la crisis. En entrevista con EL PAÍS, resalta la contradicción entre la reputación ecologista de Alemania y su explotación de recursos contaminantes. «El Gobierno no entiende que el lignito una fuente de energía sucia más propia del pasado». El Ejecutivo alemán, embarcado en el cierre de centrales nucleares, defiende que el proyecto es necesario para garantizar el suministro eléctrico.

La mina no solo puede acabar con el bosque: varios pueblos han sido vaciados y sus habitantes reubicados. La inmensa explanada de la mina es visible desde un mirador con hamacas habilitado por RWE. Un paisaje lunar donde gigantes de acero trabajan día y noche.

© Proporcionado por Prisa Noticias

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